Más allá del laberinto por el que tratan de huir Wendy y el pequeño Danny, el verdadero horror anida en esos tentáculos que atrapan la mente de un espectador y lo enfrentan a sus propios demonios. Un ensayo sobre el mal, la violencia y la locura escrito con agudeza y bañado en un intenso color rojo Kubrick, es decir, del color de la sangre.